La metamorfosis de una mujer

  La Clase de Yoga      

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Al ver la buena predisposición de la gente, Max les propuso:

—Vamos a intentar sentarnos en la posición del loto o padmasana, que es la más conocida por las imágenes de hace miles de años, en que se veían representados a los tres dioses hinduistas: Shiva, Visnú y Brahma, y también a Buda. Reconozco que es la postura que está considerada como la manera más perfecta, adecuada y cómoda para meditar, ya que favorece el control de la respiración y la estabilidad del cuerpo. Eso incluye la rectitud de la espalda y de la columna vertebral, que debe quedar alineada, para que fluya la energía que equilibra los chakras o los puntos energéticos que calman la mente.    1394453_234911840004680_1851445669_n

Subió a la tarima e hizo una demostración para que les sirviese de ejemplo, pues algunos no lo tenían muy claro. Con cuidado se sentó y, con facilidad, dobló las rodillas y puso el talón en el
muslo de la pierna contraria, sobre el hueso pélvico. Les advirtió que no forzasen las articulaciones hasta relajar los ligamentos de las rodillas de forma progresiva. Debían buscar la mejor posición realizando leves movimientos de balanceo de las caderas hasta sentirse cómodos, de manera que las nalgas permitiesen apoyarse en el cóccix, y este en el suelo. Enseguida empezaron a imitarle, con más o menos fortuna. Algunas caían hacia adelante, otras hacia atrás, y siempre había la que se iba de un lado a otro como una peonza, porque había puesto demasiados cojines y se desequilibraba.   1003000_10202191848510371_980171456_n

El tipo borde y bocazas se pegó un buen coscorrón contra la pared, descascarillándola de un testarazo, de tal manera que se oyó un retumbar similar al eco emitido por una cabeza hueca, lo que arrancó una disimulada risita de Max, que miró hacia otro lado para no soltar una enorme carcajada, y por dentro, sin querer alegrarse del mal de nadie, musitó: «El tiburón, el tiburón la cabeza
se rompió. Te lo tienes bien merecido, tonto de capirote». Y se acordó de un dicho de su abuela y mentalmente lo repitió: «Un cabezudo descalabrado con cerebro de piojo, sesos desparramados
le quedan pocos».

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A Lucía le dio un calambre y empezó a quejarse de manera ostentosa: «¡Ay, ay, ay, ay… ay, ay, ay, ay, ay…!». Max fue en su auxilio y estuvo un rato masajeándole la pierna. Ella sacó del bolso un frasco de bálsamo de esencias florales y le propuso que le diera unas friegas, pues su amiga Silvia le dijo que era mano de ángel. Empezó con suavidad y le cogió gusto, porque no dejó de exclamar:«¡Qué bien… sigue… sigue… por fa!». La rampa desapareció por completo, dejándola envuelta en un intenso olor a primavera.

Max la ayudó a levantarse, y colgada de su cuello la condujo hasta un lateral, para que siguiera las prácticas sentada en una silla, pero las probó todas y en ninguna se sintió a gusto. Si en una le dolía la espalda, en la otra, los riñones. No paraba de quejarse y él empezó a colocarle cojines por doquier, hasta que consiguió crear un trono similar al de la esposa de un marajá. Una vez acomodada, él se fue hacia adelante y aprovechó la situación anterior para advertir a los demás de lo que acababa de suceder:

—Si no os sentáis de forma correcta, se os puede desatar un intensísimo dolor en los glúteos y en los muslos al presionar el nervio ciático. Tomaos esto muy en serio. Ya hemos tenido un caso de contracción espasmódica. Ahora voy a pasar uno por uno a revisar vuestra postura y comprobar que sea la correcta, en caso contrario os dolerá la musculatura y apenas aguantaréis unos inutos.
El objetivo es que podáis estar cada vez más tiempo, incluso durante horas, sin moveros. ¡Fijaos…! —Se volvió a sentar—. Los hombros deben quedar compensados al mantener la misma altura.

Los brazos tenéis que dejarlos caer por los costados. Las manos tienen que estar vueltas con las palmas hacia arriba descansando sobre los muslos, y entonces unid el pulgar con el índice. Uno de los retos de los practicantes de yoga es conseguir, con tiempo y perseverancia, dominar la postura mítica de la flor del loto, hasta lograr una simetría corporal perfecta que favorezca el camino a la meditación.  10478167_848706175140446_6539375685158694951_n (1)

En ese momento, Lucía levantó la mano y aseguró que tenía frío por estar demasiado cerca de la ventana. Max le pidió que no se moviera. Solicitó ayuda a un fornido muchacho para levantarla
en el trono y cambiarla de sitio. Tras probar varias ubicaciones diferentes y jugar a las cuatro esquinitas tiene mi cama, pareció que habían encontrado el lugar idóneo. Apenas habían pasado
cinco minutos, cuando se quejó de nuevo y adujo que le molestaba una corriente de aire que se filtraba entre las densas cortinas de la puerta. Volvieron, la levantaron sentada en la silla y, como en procesión, la trasladaron hacia adelante. Al pasar frente al balcón ambos hombres se cruzaron las miradas y tuvieron la tentación de tirarla de cabeza para abajo. Hicieron medio en broma el ademán, y ella gritó:

—¡Nooo…, ni se os ocurra…! ¡Dejadme aquí ahora mismo! ¡No me fío de vosotros…!

El musculoso jovenzuelo se acercó a su oído y harto de pasearla de un lado a otro, le preguntó:

—¿Sabes por qué Dios hizo a las mujeres…?
—¡No! —exclamó ella, y torció la boca en sentido de no tener ni idea ni interesarle en lo más mínimo la respuesta.
—Dios hizo a las mujeres para que los hombres tuviésemos una paciencia infinita.
—¡Ja, ja y ja! ¡Idiota…! ¡No me vuelvo a quejar, aunque me muera…! —Con gesto de enfado se refugió entre los visillos nacarados y los largos velos de algodón que pendían del techo como cortinas, de manera que quedó envuelta en una especie de capullo de seda, protegida del sol y de la sombra, del calor y del frío, de la mirada ajena y de la propia. ¡No se la veía! Una vez solucionado el problema, él intentó no acercarse demasiado por aquellas latitudes, no fuese a incitarla a nuevas quejas.

Ya con más tranquilidad, pasó a supervisar la posición de cada uno de sus alumnos, y subsanó la inclinación del cuello y de la cabeza de alguno, aplicándose con mayor esmero en enderezar la espina dorsal de los más sedentarios. Al llegar ante Lucía, descorrió el cortinaje, rodeó su silla, quitó el respaldo y se quedó cautivado por la penetrante fragancia a flores que impregnaba su piel. Al notar ella sus dedos recorrer con ternura cada una de sus treinta y tres vertebras, como si estuviera alineándolas, se sintió turbada, y más al empezar por las cuatro de la zona del cóccix, desde donde fluye la energía kundalini, para proseguir con las cinco de la región sacra, continuar con las cinco vértebras lumbares y realinear las doce dorsales. Por último, se recreó en las siete que formaban las cervicales hasta palpar los nervios de la espina dorsal, ejerciendo una leve presión con los pulgares en el atlas, lo que desplegó el mapa femenino de sus ocultas sensibilidades y la hizo estremecerse de alivio e incluso de placer. Un escalofrío recorrió su frágil columna vertebral y ruborizó sus mejillas. Dijo que estaba destemplada como excusa para envolverse entre los visillos. Max dio por terminada la práctica y se dirigió a la tarima. En ese instante, Lucía empezó a estornudar y de las entrañas de su crisálida salió volando un enjambre de polillas de color turquesa, lo que causó un efecto mágico, pues creyeron los allí presentes que se había producido un proceso de metamorfosis, y que la chica vestida de azul se había trasformado en una nube de mariposas celestes.

A. Mujer de mariposas

2 comentarios

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